
Una tarde lluviosa, tres mujeres quedaron junto a la entrada del metro antes de entrar en una pequeña cafetería del centro.
Jenny llegó primero. Vestía un chubasquero deportivo y unas mallas de colores vivos que contrastaban con el gris de la ciudad. Caminaba ligera, casi juguetona, esquivando charcos como si la lluvia formara
parte del paisaje y no de un problema.
Poco después apareció Dolores. Tonos apagados, paraguas torcido y gesto resignado mientras intentaba
cerrarlo sin demasiado éxito antes de entrar en la cafetería.
—Qué día más horrible… y este paraguas ya no sirve para nada —murmuró con cansancio.
La última en llegar fue Luz.
Elegante. Serena. Atractiva sin esfuerzo.
Su sonrisa parecía iluminar más que las luces reflejadas sobre el asfalto mojado. Había en ella una presencia difícil de explicar, como si el paso del tiempo hubiera decidido quedarse a vivir en otro lugar menos importante que su brillo interior.
Las tres se miraron y comenzaron a reír incluso antes de sentarse.
Ya dentro de la cafetería, mientras buscaban mesa, un joven pasó demasiado rápido y rozó sin querer a Dolores.
—¡Oye! ¿No te das cuenta por dónde vas? Qué poca educación… ya no hay respeto por los mayores
—protestó mientras recolocaba el bolso con gesto molesto.
El chico se giró inmediatamente.
—Lo siento, señora, no me di cuenta.
—Tranquilo —intervino Jenny con una sonrisa amable—. No ha sido nada.
Luz no dijo una palabra. Solo observó la escena sonriendo suavemente.
El joven, algo más relajado, le guiñó un ojo antes de marcharse hacia la barra.
Ella soltó una pequeña risa mientras se acomodaba el abrigo con natural elegancia.
Ya sentadas junto al ventanal empañado por la lluvia, la conversación terminó girando alrededor de la edad.
Dolores suspiró mientras removía lentamente el café.
—Yo ya soy una sesentona… estoy agotada.
Jenny sonrió divertida antes de responder.
—Pues yo me siento sesentañera, joven y pletórica de energía.
Luz levantó ligeramente la taza, mirándolas con brillo travieso en los ojos.
—¡Yo soy sexygenaria!
Las tres comenzaron a reír.
Durante unos segundos, el ruido de la lluvia contra los cristales pareció acompañar aquella pequeña escena cotidiana.
Entonces Jenny comentó:
—Es curioso… al final lo que dices de ti termina dejando un mensaje dentro.
Luz asintió lentamente.
—Lo que sientes, ya es observable. Pero lo verdaderamente importante es aquello que termina integrado y brilla con luz propia.
Dolores permaneció unos segundos en silencio mirando su reflejo sobre el cristal húmedo de la ventana.
Fuera, la lluvia seguía cayendo exactamente igual para las tres.