
El sendero no tenía nada especial. Tierra, algo de piedra suelta y árboles a los lados. Lo justo para salir a
caminar sin pensar demasiado.
Subí un rato hasta encontrar un punto donde el camino se abría. Había buenas vistas. De esas que te hacen
parar casi sin darte cuenta.
Me apoyé en una roca, mirando al frente.
—Se agradece parar aquí —dijo alguien.
Giré la cabeza. Un hombre, mochila pequeña, respirando tranquilo. Nada fuera de lo normal.
—Sí… despeja —respondí.
Se colocó a mi lado, sin invadir.
—Aunque a veces despeja demasiado —añadí—. Y empiezan a venir cosas…
—Preguntas —dijo él, sin mirarme.
—Sí… muchas.
Sonrió levemente.
—Eso no suele faltar.
Nos quedamos un momento en silencio.
—¿Y las respuestas? —pregunté.
—Van llegando —dijo—. Pero tampoco se quedan mucho.
—Ya… En cuanto crees tener algo claro, aparece otra cosa y lo cambia.
—Exacto.
El viento movía la hierba suavemente.
—Al final cansa —añadí.
—Cansa si esperas terminar —dijo—. Si lo ves como parte del camino… cambia.
Le miré de reojo.
—¿Cómo que parte del camino?
Se encogió de hombros.
—Preguntas, respuestas… preguntas otra vez. No se cierra nunca.
Me quedé pensando.
—Entonces… ¿para qué sirve?
Esta vez sí me miró.
—Para entender.
No añadió nada más.
Volvimos a mirar al frente.
Y ahí, sin buscarlo, algo encajó.
No era una idea nueva. Era más bien reconocer algo que ya estaba.
Mi vida no era un intento fallido de encontrar respuestas definitivas. Era justo eso… una sucesión constante de
preguntas y respuestas.
Y en ese ir y venir, sin darme cuenta, iba quedando algo. Más simple. Más claro.
Como una especie de fondo que no necesitaba explicarse.
Nos quedamos un rato más.
Luego cada uno siguió su camino, sin despedidas.
Mientras caminaba, me di cuenta de que las preguntas seguían ahí. Pero ya no eran un problema.
Formaban parte de todo.
Mi vida no era más que eso… una sucesión de preguntas y respuestas.
Y, en algún punto entre ambas, algo quedaba.
No sabría explicarlo… pero era suficiente.