Categoría: Relatos

  • Relato 5

    Había una vez un pez de colores rayados azules y blancos nadando suavemente por su parte favorita de la bahía. Vivía
    feliz en su rutina diaria y plenamente presente.
    Un día se encontró con otro pez, este de color rojo intenso, de movimientos nerviosos y mirada dubitativa.
    —¿Qué te pasa? —preguntó el azul con interés.
    —Me pasa de todo y al mismo tiempo nada. Estoy harto de ser pez, de este color, de estos corales horribles y
    tenebrosos, de los peces grandes… en fin, harto de todo.
    El azul no pudo evitar sorprenderse. Aquella forma de sentir le resultaba completamente ajena.
    —Blu blu blu… perdón, eso es idioma pez —dijo intentando corregirse—. Tienes un color precioso, incluso más bonito
    que el mío. Además, puedes esconderte fácilmente de peces más grandes porque los corales que ves horribles son
    rojos como tú.
    —Bah, tonterías —respondió el rojo completamente enrocado.
    —Si te parece poco, aún hay más. No me gusta tener dos aletas. Me gustaría tener al menos ocho, ni una menos. Y
    tampoco me gusta el agua. Está salada… qué asco.
    El azul quedó completamente estupefacto.
    —¿Por qué quieres ocho exactamente? ¿Y cómo no va a gustarte el agua salada si es nuestro hábitat? Yo disfruto de lo
    que tengo y doy gracias por ser lo que soy, disfrutando de mis paseos y experiencias en cada momento.
    En ese instante descendió lentamente al agua un gusano sujeto por un fino hilo.
    El rojo salió disparado hacia él.
    —¡CUIDADO, no lo atrapes! —gritó el azul.
    Pero antes de que pudiera terminar, el rojo respondió con desprecio:
    —La única cosa buena de esta vida es la comida fácil. Y esa es para listos como yo. ¡ADIÓS!
    Al azul solo le quedó observar cómo el rojo era capturado lentamente.
    Y pensó:
    —Bueno… al menos ha conseguido lo que quería. Salir de aquí, dejar de ser pez y convertirse en un delicioso pescado.

  • Relato 4

    Una tarde lluviosa, tres mujeres quedaron junto a la entrada del metro antes de entrar en una pequeña cafetería del centro.


    Jenny llegó primero. Vestía un chubasquero deportivo y unas mallas de colores vivos que contrastaban con el gris de la ciudad. Caminaba ligera, casi juguetona, esquivando charcos como si la lluvia formara
    parte del paisaje y no de un problema.


    Poco después apareció Dolores. Tonos apagados, paraguas torcido y gesto resignado mientras intentaba
    cerrarlo sin demasiado éxito antes de entrar en la cafetería.
    —Qué día más horrible… y este paraguas ya no sirve para nada —murmuró con cansancio.

    La última en llegar fue Luz.
    Elegante. Serena. Atractiva sin esfuerzo.
    Su sonrisa parecía iluminar más que las luces reflejadas sobre el asfalto mojado. Había en ella una presencia difícil de explicar, como si el paso del tiempo hubiera decidido quedarse a vivir en otro lugar menos importante que su brillo interior.

    Las tres se miraron y comenzaron a reír incluso antes de sentarse.
    Ya dentro de la cafetería, mientras buscaban mesa, un joven pasó demasiado rápido y rozó sin querer a Dolores.
    —¡Oye! ¿No te das cuenta por dónde vas? Qué poca educación… ya no hay respeto por los mayores
    —protestó mientras recolocaba el bolso con gesto molesto.
    El chico se giró inmediatamente.
    —Lo siento, señora, no me di cuenta.
    —Tranquilo —intervino Jenny con una sonrisa amable—. No ha sido nada.
    Luz no dijo una palabra. Solo observó la escena sonriendo suavemente.
    El joven, algo más relajado, le guiñó un ojo antes de marcharse hacia la barra.
    Ella soltó una pequeña risa mientras se acomodaba el abrigo con natural elegancia.

    Ya sentadas junto al ventanal empañado por la lluvia, la conversación terminó girando alrededor de la edad.
    Dolores suspiró mientras removía lentamente el café.
    —Yo ya soy una sesentona… estoy agotada.
    Jenny sonrió divertida antes de responder.
    —Pues yo me siento sesentañera, joven y pletórica de energía.
    Luz levantó ligeramente la taza, mirándolas con brillo travieso en los ojos.
    —¡Yo soy sexygenaria!
    Las tres comenzaron a reír.

    Durante unos segundos, el ruido de la lluvia contra los cristales pareció acompañar aquella pequeña escena cotidiana.
    Entonces Jenny comentó:
    —Es curioso… al final lo que dices de ti termina dejando un mensaje dentro.
    Luz asintió lentamente.
    —Lo que sientes, ya es observable. Pero lo verdaderamente importante es aquello que termina integrado y brilla con luz propia.
    Dolores permaneció unos segundos en silencio mirando su reflejo sobre el cristal húmedo de la ventana.
    Fuera, la lluvia seguía cayendo exactamente igual para las tres.

  • Relato 3

    El sendero no tenía nada especial. Tierra, algo de piedra suelta y árboles a los lados. Lo justo para salir a
    caminar sin pensar demasiado.
    Subí un rato hasta encontrar un punto donde el camino se abría. Había buenas vistas. De esas que te hacen
    parar casi sin darte cuenta.
    Me apoyé en una roca, mirando al frente.
    —Se agradece parar aquí —dijo alguien.
    Giré la cabeza. Un hombre, mochila pequeña, respirando tranquilo. Nada fuera de lo normal.
    —Sí… despeja —respondí.
    Se colocó a mi lado, sin invadir.
    —Aunque a veces despeja demasiado —añadí—. Y empiezan a venir cosas…
    —Preguntas —dijo él, sin mirarme.
    —Sí… muchas.
    Sonrió levemente.
    —Eso no suele faltar.
    Nos quedamos un momento en silencio.
    —¿Y las respuestas? —pregunté.
    —Van llegando —dijo—. Pero tampoco se quedan mucho.
    —Ya… En cuanto crees tener algo claro, aparece otra cosa y lo cambia.
    —Exacto.
    El viento movía la hierba suavemente.
    —Al final cansa —añadí.
    —Cansa si esperas terminar —dijo—. Si lo ves como parte del camino… cambia.
    Le miré de reojo.
    —¿Cómo que parte del camino?
    Se encogió de hombros.
    —Preguntas, respuestas… preguntas otra vez. No se cierra nunca.
    Me quedé pensando.
    —Entonces… ¿para qué sirve?
    Esta vez sí me miró.
    —Para entender.
    No añadió nada más.
    Volvimos a mirar al frente.
    Y ahí, sin buscarlo, algo encajó.
    No era una idea nueva. Era más bien reconocer algo que ya estaba.
    Mi vida no era un intento fallido de encontrar respuestas definitivas. Era justo eso… una sucesión constante de
    preguntas y respuestas.
    Y en ese ir y venir, sin darme cuenta, iba quedando algo. Más simple. Más claro.
    Como una especie de fondo que no necesitaba explicarse.
    Nos quedamos un rato más.
    Luego cada uno siguió su camino, sin despedidas.
    Mientras caminaba, me di cuenta de que las preguntas seguían ahí. Pero ya no eran un problema.
    Formaban parte de todo.
    Mi vida no era más que eso… una sucesión de preguntas y respuestas.
    Y, en algún punto entre ambas, algo quedaba.
    No sabría explicarlo… pero era suficiente.

  • Relato 2

    El día que el Yo se dividió.


    Un momento como cualquier otro.
    Un instante corriente en la trama silenciosa de la vida.


    Sin aviso, una sensación de ahogo recorrió su cuerpo. No era dolor, tampoco miedo, pero algo no encajaba. En apariencia todo seguía igual, sin embargo, todo era distinto. El agua ya no calmaba la sed y la comida no apagaba el hambre. Algo más profundo reclamaba atención.


    Se sentó solo, lejos del ruido de su gente, y por primera vez escuchó el murmullo de su propio pensamiento.


    —¿Qué me falta si nada me falta? —se preguntó.


    Movido por una intuición antigua, comenzó a cavar un hoyo en la tierra. Sus manos recordaban gestos que su mente había olvidado. Colocó ramas secas, piedras, hojas. Encendió el fuego como le habían enseñado sus ancestros, no para calentarse el cuerpo, sino para aquietar la mente.
    Las llamas comenzaron a danzar.


    Al mirarlas, algo en su interior se ordenó. El tiempo perdió forma. El peso en el pecho se disolvió.
    En el crepitar del fuego reconoció una verdad sin palabras: no estaba solo, nunca lo había estado.


    —Gracias —susurró—. Gracias por este regalo.


    Sintió paz. Sintió claridad. Sintió poder.
    Y ahí, sin saberlo, el Yo comenzó a dividirse.
    Cuando regresó con su gente, llevaba algo distinto en la mirada. Ya no era solo calma lo que habitaba en él, también había certeza. Reunió a los suyos y habló:


    —El dios del fuego me ha hablado.
    —Me ha dicho que solo yo soy digno de ver su llama.
    —Desde hoy, nadie más que yo podrá hacer fuego.


    Nadie cuestionó sus palabras. Era su líder. Siempre había guiado con sabiduría, y la confianza era total. Así, el conocimiento que pertenecía a todos pasó a tener dueño.


    El fuego, que había nacido para unir, se convirtió en herramienta de control.


    Con el tiempo enseñó a sus descendientes que ser un buen líder no era compartir la sabiduría, sino decidir quién podía acceder a ella. Que el orden se mantenía controlando el conocimiento.


    Que el poder se protegía ocultando la verdad.
    El ego floreció ahí, silencioso y brillante, apropiándose de un regalo sagrado.


    Y el Ser, paciente, aguardó.


    Porque todo lo que se toma desde el Yo, tarde o temprano, pide ser devuelto desde la conciencia.


    Descripción breve:
    Un descubrimiento interior se transforma en control cuando el ego se apropia de lo sagrado, mostrando cómo el poder nace al ocultar lo que debía ser compartido.

  • Relato 1

    El caminante avanzaba por el sendero sin saber si buscaba algo,
    o si simplemente huía de todo lo que no quería reconocer.

    El bosque estaba en silencio.
    No un silencio vacío, sino uno que parecía observarlo,
    como si cada árbol llevara siglos esperando su llegada.

    A mitad del camino, escuchó un eco.
    Un sonido tenue, casi un susurro.
    Se detuvo.

    —¿Quién anda ahí? —preguntó.

    El eco respondió, pero no repitió sus palabras.
    En vez de devolverle la pregunta, dijo:

    —¿Quién eres tú cuando no preguntas?

    El caminante sintió un golpe en el centro del pecho.
    No un dolor físico, sino esa clase de verdad que no se puede ignorar.

    —Soy… —empezó a decir, pero la frase no se dejaba completar.

    El eco volvió a hablar:

    —Eres más profundo que el pensamiento que intenta responder.

    El caminante dio un paso atrás.
    Sabía que esa voz no venía de ningún árbol,
    ni de ninguna cueva,
    ni del viento.
    Venía de un lugar más antiguo que todos ellos:
    de ese rincón de sí mismo que siempre evitaba mirar.

    —¿Por qué me hablas? —preguntó con un temblor honesto.

    El eco sonrió, o al menos así lo sintió él.

    —Porque al fin te has quedado quieto —respondió—.
    Cuando la mente deja de correr,
    el Ser por fin puede alcanzarte.

    Y entonces lo entendió.
    El eco no repetía sonidos.
    Repetía aquello que él no se atrevía a escucharse.

    Durante años había confundido el ruido interno con su identidad,
    las prisas con propósito,
    el miedo con dirección.

    Pero allí, en aquel bosque inmóvil,
    se dio cuenta de que todo ese tiempo
    solo necesitaba un instante de silencio
    para descubrir que la respuesta lo estaba siguiendo desde siempre.

    El eco habló por última vez:

    —Cuando regreses… no vuelvas con prisa.
    El que se apresura no llega antes;
    solo se pierde más rápido.

    Y el caminante siguió su camino.
    No con euforia,
    no con claridad total,
    pero con algo más real:
    una pequeña luz dentro,
    tan discreta que nadie la vería,
    tan profunda que jamás podría apagarse.

    Había encontrado el principio del camino.

    Descripción breve:
    Un encuentro con el silencio revela que la respuesta no se busca fuera, sino que siempre ha estado dentro, esperando a que dejemos de huir.