
Había una vez un pez de colores rayados azules y blancos nadando suavemente por su parte favorita de la bahía. Vivía
feliz en su rutina diaria y plenamente presente.
Un día se encontró con otro pez, este de color rojo intenso, de movimientos nerviosos y mirada dubitativa.
—¿Qué te pasa? —preguntó el azul con interés.
—Me pasa de todo y al mismo tiempo nada. Estoy harto de ser pez, de este color, de estos corales horribles y
tenebrosos, de los peces grandes… en fin, harto de todo.
El azul no pudo evitar sorprenderse. Aquella forma de sentir le resultaba completamente ajena.
—Blu blu blu… perdón, eso es idioma pez —dijo intentando corregirse—. Tienes un color precioso, incluso más bonito
que el mío. Además, puedes esconderte fácilmente de peces más grandes porque los corales que ves horribles son
rojos como tú.
—Bah, tonterías —respondió el rojo completamente enrocado.
—Si te parece poco, aún hay más. No me gusta tener dos aletas. Me gustaría tener al menos ocho, ni una menos. Y
tampoco me gusta el agua. Está salada… qué asco.
El azul quedó completamente estupefacto.
—¿Por qué quieres ocho exactamente? ¿Y cómo no va a gustarte el agua salada si es nuestro hábitat? Yo disfruto de lo
que tengo y doy gracias por ser lo que soy, disfrutando de mis paseos y experiencias en cada momento.
En ese instante descendió lentamente al agua un gusano sujeto por un fino hilo.
El rojo salió disparado hacia él.
—¡CUIDADO, no lo atrapes! —gritó el azul.
Pero antes de que pudiera terminar, el rojo respondió con desprecio:
—La única cosa buena de esta vida es la comida fácil. Y esa es para listos como yo. ¡ADIÓS!
Al azul solo le quedó observar cómo el rojo era capturado lentamente.
Y pensó:
—Bueno… al menos ha conseguido lo que quería. Salir de aquí, dejar de ser pez y convertirse en un delicioso pescado.



