
El caminante avanzaba por el sendero sin saber si buscaba algo,
o si simplemente huía de todo lo que no quería reconocer.
El bosque estaba en silencio.
No un silencio vacío, sino uno que parecía observarlo,
como si cada árbol llevara siglos esperando su llegada.
A mitad del camino, escuchó un eco.
Un sonido tenue, casi un susurro.
Se detuvo.
—¿Quién anda ahí? —preguntó.
El eco respondió, pero no repitió sus palabras.
En vez de devolverle la pregunta, dijo:
—¿Quién eres tú cuando no preguntas?
El caminante sintió un golpe en el centro del pecho.
No un dolor físico, sino esa clase de verdad que no se puede ignorar.
—Soy… —empezó a decir, pero la frase no se dejaba completar.
El eco volvió a hablar:
—Eres más profundo que el pensamiento que intenta responder.
El caminante dio un paso atrás.
Sabía que esa voz no venía de ningún árbol,
ni de ninguna cueva,
ni del viento.
Venía de un lugar más antiguo que todos ellos:
de ese rincón de sí mismo que siempre evitaba mirar.
—¿Por qué me hablas? —preguntó con un temblor honesto.
El eco sonrió, o al menos así lo sintió él.
—Porque al fin te has quedado quieto —respondió—.
Cuando la mente deja de correr,
el Ser por fin puede alcanzarte.
Y entonces lo entendió.
El eco no repetía sonidos.
Repetía aquello que él no se atrevía a escucharse.
Durante años había confundido el ruido interno con su identidad,
las prisas con propósito,
el miedo con dirección.
Pero allí, en aquel bosque inmóvil,
se dio cuenta de que todo ese tiempo
solo necesitaba un instante de silencio
para descubrir que la respuesta lo estaba siguiendo desde siempre.
El eco habló por última vez:
—Cuando regreses… no vuelvas con prisa.
El que se apresura no llega antes;
solo se pierde más rápido.
Y el caminante siguió su camino.
No con euforia,
no con claridad total,
pero con algo más real:
una pequeña luz dentro,
tan discreta que nadie la vería,
tan profunda que jamás podría apagarse.
Había encontrado el principio del camino.
Descripción breve:
Un encuentro con el silencio revela que la respuesta no se busca fuera, sino que siempre ha estado dentro, esperando a que dejemos de huir.