En muchas ocasiones, las personas nos preocupamos por evitar el dolor y no nos ocupamos de lo verdaderamente relevante: observar el origen del sufrimiento. El dolor, en cualquiera de sus formas, es inevitable, sin necesidad de entrar a valorar tipos o intensidades. El sufrimiento, en cambio, es absolutamente evitable y depende por completo de nuestra gestión interior.
La mente es una herramienta; el cuerpo, un vehículo para nuestro viaje terrenal. El ego es la mente-yo apropiándose de todo. Una parte fundamental de ti intenta silenciar a toda costa tu Ser. En esencia, tu Ser no hace ni necesita nada. Observa y permite que todo lo necesario ocurra sin resistencia. No juzga, no entra en conflicto ni toma decisiones. Simplemente es. En los momentos en los que el ego se esconde y la mente queda en completa quietud, te sitúas ante la puerta de entrada a tu verdadera identidad. Es una ocasión perfecta para comenzar a conocerte de verdad, vivir de forma plena y completa, y colocar cada cosa en su lugar. No necesitas un plan vital escrito en un libro, ni un mapa para actuar, ni un protocolo para moverte por determinados lugares. Solo necesitas conectar y sentir, revelar lo que ya habita dentro de ti y usar la mente —tu herramienta— para vivir el día a día con orden dentro de la sociedad.
Es paradójico que, siendo la especie dominante del planeta, no seamos capaces de dominarnos a nosotros mismos. La mente, esa herramienta tan magnífica y extraordinaria —capaz de impulsarnos a evolucionar—, también puede generar una versión distorsionada de la realidad: una en la que se apropia de tu ser, te suplanta y afirma que tú eres ella. Entonces pasas a identificarte con todo lo que la mente produce: lo que te gusta y lo que te disgusta, lo bueno y lo malo, tus miedos, tus alegrías… Crees ser ese conjunto de pensamientos, emociones y reacciones. Resulta insólito que una herramienta tan esencial funcione en términos tan extremos. Sin embargo, comprender sus patrones requiere una evaluación consciente, y eso solo es posible desde la posición del observador. La mente es una herramienta, y nada más. Debe activarse cuando es necesaria y aquietarse cuando no lo es. A lo expuesto anteriormente se le conoce como ego, el falso yo o la mente egotista: una identidad construida que no eres tú, sino algo que ocurre en ti.
Tu paz no depende de lo que pasa afuera, sino de cómo lo gestionas por dentro.
Si dependes de lo que pasa afuera, nunca vas a estar en paz.
La verdadera paz no se encuentra en las circunstancias externas ni en los eventos que ocurren a nuestro alrededor, sino en la manera en que los gestionamos internamente.
Cuando condicionamos nuestra tranquilidad a factores externos, nos volvemos vulnerables a la inestabilidad, al estrés y a la frustración.
El dominio de la paz interior radica en la conciencia y en la capacidad de responder con serenidad, independencia y equilibrio, sin permitir que las situaciones externas alteren nuestro estado de calma.
El ego, el esclavo del placer y el capricho rápido. El Ser es dueño de la felicidad y la presencia imperecedera.
La suma de pequeñas galletitas que llenan de satisfacción rápida la mente con creaciones irreales convirtiendo en material hasta lo que carece de materia y sustancia alguna.
La felicidad es un estado no provocado por la mente; es una forma de vivir desde la conciencia más elevada y pura. Es la manifestación natural del Ser basada en el amor incondicional y alejado de dogmas, creencias y filosofías.
El ego se centra en la gratificación inmediata y en los caprichos de la mente; busca crear una realidad efímera que da satisfacción pasajera pero no plenitud.
El Ser, en cambio, no depende de estímulos externos y sostiene una felicidad constante, profunda, basada en la presencia y la conciencia.
La verdadera felicidad surge desde adentro, desde un estado natural y libre de condicionamientos, dogmas o creencias, manifestándose como amor incondicional y serenidad.
La ansiedad y la depresión actúan como una bomba de relojería que se activa cuando te desalineas con lo que dices que vas a hacer y no haces.
La tensión entre lo que sientes que debes hacer y unos actos que van en dirección contraria acelera el reloj hacia su detonación.
El capricho no es sentir. Sentir que hay algo que debes realizar y que nace desde muy adentro no tiene que ver con deseos egóticos, sino con necesidades profundas que emergen del propio Ser.
A lo largo de la vida aparecen momentos que nos remueven por dentro. Suelen nacer de dos motivos ligados al ego:
La resistencia Esa lucha interna contra algo que, aunque no lo parezca, no nos hace bien.
Puede mostrarse como:
Hábitos de salud que nos dañan.
Formas de comportarnos que repetimos sin pensar.
Costumbres heredadas de personas que admiramos, pero que no encajan con nuestro verdadero Ser.
Son pequeñas señales… pequeños dolores que vamos acumulando sin darnos cuenta, hasta que un día todo se quiebra.
La pérdida Personas, cosas, situaciones o estatus que desaparecen de golpe.
A diferencia de la resistencia, esto llega como una bomba: remueve todo y duele profundamente.
Aunque parezcan distintos, ambos caminos buscan llevarnos al mismo lugar.
A veces llegan como intuiciones, revelaciones o pensamientos que irrumpen sin avisar. Grandes o pequeños, siempre dejan huella.
Son llamados a un cambio profundo. A detenernos. A escuchar lo que la vida intenta mostrarnos para volver al equilibrio y acercarnos a nuestra verdadera identidad.
No siempre es necesario sufrir para despertar.
Muchas culturas lo recuerdan desde antiguo:
mirar hacia dentro,
observarnos con honestidad,
comprender de dónde nacen nuestras tormentas mentales,
y aprender a calmarlas.
Al final, paso a paso, descubrimos una verdad sencilla:
Somos lo que pensamos, y también lo que decidimos transformar.